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sábado, 17 de septiembre de 2016

Lovecraft y su horror cósmico

Como todos, me acerqué a los relatos lovecraftianos durante mi adolescencia, retomando la afición cada pocos años. Y es que los juegos de rol, aparte de echar un buen rato con tus amigos sumergiéndote como protagonista de un relato, hacen que te intereses más y desees leer la producción literaria en la que se basa dicho juego. Ritos ocultistas, largos viajes a lugares ignotos, una verdad que no puede revelarse así como así porque entras en la locura, descripciones fugaces que hacen que te toque a ti imaginarte cada horror como más miedo te dé, ambientaciones tétricas con múltiples referencias al mal olor, a viscosidad y a cosas malsanas...

Y es que la vida de Howard, tan separada del mundo cotidiano y represiva tuvo que tener una vía de escape. Una vía que sigue atrapando día a día a más lectores. Ahora tengo ganas de empaparme en los escritos que son considerados como el núcleo esencial de los Mitos de Cthulhu. Y si con eso pongo música de ambientación gótica pues más se imbuye uno en ese universo.

No me cuesta creer cómo brotó su imaginación en Providence. Paseos por bosques umbríos, leyendas de los primeros colonos y brujas, tiempo de neblinas, paseos por la costa donde el oleaje podría traer cosas lejanas o extrañas criaturas (quizás medusas de gran tamaño) que despertarían la curiosidad y el temor reverencial a saber que hay cosas que no se conoce. Y más en una época donde había grandes teorías científicas en desarrollo (relatividad, cuántica, deriva continental, descubrimientos astronómicos, expediciones con la finalidad de cartografiar las zonas del planeta que aún eran desconocidas o poco visitadas...) donde aventurarse a pensar un paso más sobre ellas no tenía nada de extraño. La época de entreguerras podía incluso traer nuevas filosofías orientalistas, descreer del valor de la humanidad, recordar los pensamientos de los habitantes indios de la zona, fantasear con la geografía de Plutón...

No soy un erudito de su vida y obra, ni pretendo serlo. Solo quiero homenajear a una de las mentes más brillantes del siglo XX literario, alguien que empujó más allá el terror gótico y le quitó encantamientos y fantasmas, yendo a criaturas más tangibles y, por tanto, más terroríficas. Creo, pero seguro que me equivoco, que el punto central de las historias de Lovecraft es la intrascendencia del ser humano. Un ser efímero de una recentísima civilización perdido en un minúsculo planeta en la inmensidad de este universo. Un universo, incluso, que podría ser un universo aleatorio de una infinidad de ellos, permeados por realidades interdimensionales.

Pero incluso en este pequeño planeta el ser humano ha de sentirse pequeño e intrascendente. Las profundidades abisales, cuya superficie cuadruplica la superficie terrestre. Miles de metros de agua donde la luz no llega. ¿Qué misterios pueden seguir ocultando? Quizás hay civilizaciones no humanas que viven sin saber que el humano domina la superficie. Pero no es solo eso, hay varias regiones del planeta que son inhóspitas y pocos se han aventurado a acercarse a ellas: los polos, los desiertos, las profundas selvas, las altísimas cordilleras orientales. El hombre, según Lovecraft, tampoco conoce el terreno que pisa.

Y otro punto que también trata Lovecraft (no solo pequeñez ante la inmensidad del universo, y pequeñez ante la cantidad de regiones inexploradas en su propio planeta), sino que la existencia de la especie no es nada más que un suspiro en la historia de la Tierra. Lovecraft se maravilla que la Tierra que conocemos tuvo multitud de floras y faunas diferentes en el pasado, incluso la orografía no tuvo nada que ver con la actual y las constelaciones no serían las que una vez fueron. Si bien la persona media piensa en tiempos remotísimos el Egipto faraónico o la Sumeria mesopotámica, eso no es nada con la edad de la Tierra. Para Lovecraft la irrelevancia del humano, su pequeñez, también está en que cree que ha sido la única especie inteligente que ha caminado por la faz del planeta. Otros seres pudieron haber llegado a desarrollar una civilización compleja, incluso más avanzada que la humana, pero que declinó y los efectos de erosión han terminado por borrar toda prueba. Desconocemos qué nos antecedió y si solo fue una especie o decenas de ellas. Por poner un ejemplo, los Yith, la Gran Raza, floreció como hace 150 millones de años pero no hay manera de saber qué hicieron o si existieron.

Profundizar en sus relatos con estos temas hace que se le reconozca como el genio que fue, aunque nunca terminó de creérselo.


lunes, 14 de abril de 2014

Juego de rol: Amenaza en el fondo del mar

[Creado en 2014]

Los jugadores despiertan en un mundo oscuro, donde en el cielo se presenta el planeta Júpiter. No saben cómo llegaron ni cómo pueden respirar, pero ven a lo lejos unos seres parecidos a una palmera que le indicarán que deben dirigirse hacia una charca con aguas refulgentes. Cuando alguien la toque despertarán en sus respectivos lugares. Es el mismo momento en que reciben un correo donde los citan a la tarde en una mansión cercana a Liverpool, situada en un acantilado. Los jugadores al verse deberán tirar cordura al reconocerse.

Allí los espera el rabino Isaac Herzog que les comunica que sus estudios de la Cábala y un método para descifrar la Toráh le indican que esta noche sería el fin del mundo. El día es el 29 de Elul de 5600 (el 27 de septiembre de 1840) y el cambio de siglo destruirá el mundo. Sospechosamente no deja de tocar un muñeco de metal con ansias y nerviosismo. Si preguntan dirá que es un juguete de su juventud. Le acompaña su criada Ma Wong, también anciana y que no para de ayudar al anciano. Les comenta que uno de ellos es el Mesías predicho y que sus acciones salvará al mundo, pero no sabe quién de los jugadores. Por ello todos deben moverse por la mansión para encontrar dos orbes luminosos y un templo para parar el fin del mundo.

La mansión tiene dos plantas y cada una con un ala. En la planta baja el ala izquierda tiene un almacén y un cuarto de baño para las criadas lleno de sangre, vísceras y fetos putrefactos, por lo que la tirada de cordura tendrá muchos penalizadores. Hay más allá una cocina con tres cuchillos extraños. Fuera de la mansión está nublado, con fuerte lluvia y viento y una tormenta acercándose. Pueden acercarse a un cementerio con solo tres lápidas e inscripciones arcanas. Cada lápida tiene una ranura para los cuchillos, que hará que se libere una llave. En el vivero no hay nada, solo algunas plantas venenosas pueden hacer daño leve. En el ala derecha hay cuatro habitaciones para las criadas, todas con los relojes parados a las 1:04. En la habitación del mayordomo encontrarán una agenda que indica que cada dos semanas había una reunión justamente a las 1:04 y las anotaciones terminan en una reunión en enero de 1835. Hay una habitación que era de una criada loca. En el fondo del ala hay una gran biblioteca con muchos libros y periódicos. Hay instrumentos científicos pero tienen propiedades alucinógenas. Esta biblioteca está cerrada y solo se puede obtener mediante una llave (la del cementerio). En una mesilla hay ídolos de Cthulhu y Dagón y dentro de una calavera humana está uno de los orbes.

También hay periódicos de 1835 que se leen con 1d6 (peces muertos en extrañas circunstancias, marcas rituales en vagabundos asesinados y en mitad de los campos, pescadores que hablan de sirenas en la zona, lluvias torrenciales en meses donde no corresponden, policías que se habían vuelto locos investigando sobre algunas sectas y cultos e inminencia del fin de siglo judío y la posibilidad del fin de la existenia según estudiosos bíblicos).

En el salón principal hay una habitación que hace de ropero, donde deben buscar otra llave en las ropas viejas. Hay una rata que morderá e infectará y no pararán sus efectos hasta sacar una tirada de primeros auxilios. En cualquier momento de la aventura puede caer la lámpara de araña, destruyendo la mesa donde se sienta el rabino y su criada. No sufrirán daño, pero él se negará a acompañarlos, manoseando aún más su muñeco. Subiendo a la segunda planta hay cuadros de la familia ducal y en cada esquina hay armaduras, una de ella se caerá blandiendo un arma para herir a alguno de los jugadores.

En el ala izquierda hay que acceder a una gran sala con la llave del ropero y verán pintados símbolos de los Rosacruces en el suelo. Hay como sábanas que impiden ver más allá, pero con tirada de observar verán que están confeccionadas con pieles humanas cosidas. Más allá habrá varias tiradas de cordura al ver cadáveres sin putrefacción pero con los rostros totalmente destruidos. En una esquina hay un pico de apariencia extraña y con tallados delicados. Pueden buscar con más detenimiento para ver que una de las tablas del suelo está suelta y abajo está el segundo orbe. En el ala derecha está el baño del Duque al lado de su sala de lectura sobre cultos orientales. Hay un retrato de la reina Victoria que mirará sin parar a los jugadores, así que han de tirar cordura. Parece que el propietario de la mansión fue el duque Xavier (justo el de la partida de rol en vivo de 2006 que está ambientada a finales del siglo XIX, en 1895: La herencia del Duque). En el dormitorio que hay más allá la cama con dosel está caliente y alguien llora en el armario. Quedará atrapado quien quiera interrogar al llorón o abrir la puerta. También hay una ouija que dirá que el templo está en el gran salón y en la pared donde no coincidan las dimensiones con respecto a la planta de arriba. También hará oscuras predicciones sobre lo que les pasará y si preguntan si vive alguien en la casa (todas las habitaciones tienen polvo, excepto esa, dirá que Ma Wong).

La anciana podrá explicar que se instaló allí a petición de Isaac para preparar la llegada de los jugadores y conminará a encontrar el templo. Solo el pico místico puede abrir un hueco en la pared del fondo y ver a dos ángeles con sus manos como cuencos. Poner los orbes hará que se escuchen ruidos de ultratumba y a Ma Wong clamar con júbilo que justo a tiempo está liberando a su señor Dagón del fondo de los mares. Hay temblores de tierra y la anciana china dirá que hay que matar a los jugadores. Se descubre entonces que el rabino no es otra cosa que dos arañas gigantescas que estaban entrelazadas para mimetizarse como un humano. Tocar el muñeco les recordaba qué forma debían mantener. Ma Wong indicará a las arañas que tienen que atacar a los jugadores, puesto que todo era una treta para llevarlos a ese sitio y que consiguiesen los artefactos místicos.

Si mueren los jugadores o no destruyen los orbes terminará todo con que Dagón destruye el techo de la casa y los supervivientes entrarán en locura, mientras Ma Wong le indica a su dios dónde está Liverpool para comenzar el fin del mundo. Si logran acabar antes con las arañas o destruyen los orbes las arañas se vuelven nerviosas al escuchar los lamentos de su dueña. De fondo se escucha cómo algo vuelve a descender al fondo marino con lamentos y Ma Wong de la desesperación se clavará repetidas veces el muñeco de metal en el cuello hasta matarse.

(No más darle las gracias a mi amigo Javier V. por participar en las ideas de ambientación y el hilo principal de los personajes no jugadores).

viernes, 18 de enero de 2013

Instinto de supervivencia (4/4)


Ojalá fuese así, aunque temía que todo fuesen vanos sueños. Había pocas especies que aún no habían aniquilado. Quizás demasiadas no podrán resistir estos cambios y se extinguirán. Pero otras especies seguro que son fuertes y atrevidas y se abrirán paso. Florecerán y se esparcirán por el mundo, aumentando su población y adaptándose al entorno. Sufriendo reveses y avances para resistir nuevos envites de la naturaleza. Su suerte podría terminar en que una, al paso de miles o quizás millones de años, llegue a alcanzar la inteligencia. Ya pasó una vez, ¿por qué no otra? ¿Por qué no miles de veces más? En el caso en que fuese remotamente posible era cuestión de tiempo que creasen tecnología y una civilización próspera que se preguntase por su pasado e investigasen los restos fósiles. Para ese día seguro que sus huesos se habrían convertido en polvo y el desastre que habían hecho fuese totalmente eliminado. Quizás algunos restos óseos les llevase a crear teorías y si daban con los restos de alguna ciudad podrían llegar a la conclusión de que no han de repetir nuestros errores y avanzar por una senda diferente, una senda de paz y armonía con la naturaleza. Y que la fraternidad entre congéneres fuese la norma a seguir. Por favor, Dios, o dioses, que no repitan nuestro estrepitoso fracaso. Que la destrucción no sea connatural a la inteligencia. Observadores del futuro, ¡aprended!

Con estos pensamientos se durmió Harzak. Estas reflexiones calmaban su espíritu mientras su cuerpo protegía la planta de las inclemencias del tiempo. Su rictus se relajó. Estaba en paz consigo mismo. Ya no le quedaba por hacer nada en este mundo y se dejó ir. Fue así cómo murió el último dragón en la Tierra, mientras depositaba una esperanza en la próxima especie inteligente, esperanza de supervivencia de esta encarnada en el frágil y verdoso tallo de una flor.

AGOSTO DE 2008

jueves, 17 de enero de 2013

Instinto de supervivencia (3/4)


El asteroide hizo daño. De eso no cupo duda. Extensiones inmensas arrasadas, especies aniquiladas, bosques calcinados, tierra en la atmósfera tapando el sol. Pero podían haberse recuperado del duro golpe. Lo sabía. Tenían tecnología para ello. La razón de la debacle fue que previamente la civilización se había ocupado de desertizar y destruir su ecosistema. Demasiada fe en la tecnología quizás. O un pueril sentimiento de que podrían resolver todo cuando acaeciese. O que nunca llegaría. Pero los hechos desmintieron a todos y cada uno de los postulados de supremacía.

Harzak se revolvió hasta conseguir una postura cómoda, dentro de sus precarios parámetros. Se movió entre oleadas de dolor hasta saber qué parte de su cuerpo estaba relativamente intacta. Cuando lo supo, entre gemidos de dolor y alguna que otra maldición, empezó a moverse con torpeza hacia su objetivo. Pero estaba cansado y avanzó menos de lo que sospechaba. La desesperación se hizo presente y gimió lamentándose de su maldita suerte, como si lo que le pasara fuese una metáfora de lo que le ocurrió a la especie. Reptó poco a poco hasta que en su mente no había otro objetivo, solo vivía para reptar hacia su ansiada meta. Pero su maltrecho cerebro no se rendía y recuerdos y reflexiones, claras indicadoras de las postrimerías vitales, le asaltaban a cada segundo. Su infancia, su educación, su vida, su trabajo, el holocausto, todo ello era un cúmulo denso de ideas y reflexiones que le hacían olvidar la pena y el dolor. Su diminuto objetivo seguía allí, quizás efímeramente, quizás para toda la eternidad.

Odiaba recordar cómo huyó cobardemente de su familia, temblorosa y con miedo. No podía ocuparse de ella, a estos niveles de supervivencia era él o los demás y en una decisión egoísta y de la que a cada hora se arrepentía enormemente, salió de la ciudad tan veloz como pudo. Se unió a un grupo de vagabundos, con más experiencia en sobrevivir en situaciones difíciles. Pero nadie estaba preparado para soportar tal carga. Muchos de sus nuevos compañeros, hartos de errar por el mundo, decidieron que era el momento de cambiar de táctica. Nada del idílico coloquio para crear un nuevo gobierno con nuevas leyes. Nada de crear una jerarquía mejorada y más amigable. Nada de conservar el conocimiento y volver a difundirlo. Nada de eso. Sus nuevos compañeros decidieron que los instintos primarios eran los únicos que podrían asegurar la supervivencia. Asaltaron viajeros, quemaron pueblos arruinados, mataron con gusto, violaron devastadoramente. Y él, Harzak, participó. Él que se creía un ciudadano modelo y de convicciones puras. Él se bañó en sangre ajena, él degolló ancianos indefensos, él guió al grupo cuando se acabaron en el horizonte las ciudades y la vida. Él fue de los primeros en arrimarse a la fogata cuando el grupo comenzó a practicar el canibalismo por falta de alimentos. Y él terminó con la vida de sus pocos compañeros que aún no habían muerto de sed o locura.

Pero Harzak cada segundo después de ser el último se arrepintió. Quería redimirse. No quería abandonar este mundo con todas esas cargas en su cabeza. Sabía que nada iba a cambiar y no quedaba nadie para dispensar el perdón o el castigo. Pudiera ser que la vida del más allá hiciese el trabajo, pero no estaba tan seguro. Pero quería limpiar su alma, en caso de que existiera. Ahora estaba mucho más cerca de su objetivo, su meta estaba al alcance de la mano. Con un poco más de esfuerzo llegó hasta una distancia prudencial y con más esperanza que fuerzas logró llegar al punto ansiado, a su meta dorada. Ahí estaba, frágil al viento, pero rezumando de vida. Una pequeña y verde planta, con sus hojas recibiendo la poca luz que atravesaba la capa de crueles nubes. El capullo estaba desarrollándose y en poco tiempo dejaría a la vista la flor que con tanto esmero había tardado en producir. Vida, quizás no estaba todo perdido. Él y su especie sí, ya no había más que hacer, excepto cuidar a esa minúscula planta hasta que se hiciera fuerte y diese paso al nuevo comienzo.

miércoles, 16 de enero de 2013

Instinto de supervivencia (2/4)


¿Habría quizás otros supervivientes en distintas partes del mundo? ¿Estarían en su condición lamentable? ¿Creerían, igual que él, que eran los últimos representantes de su civilización? O quizás había algún lugar que logró preservarse y funcionaba como refugio para un nuevo renacer. Una segunda oportunidad de aprender a convivir en armonía con el prójimo y cuidar la naturaleza. Una oportunidad para volver a expandirse sobre la Tierra y redimirse la especie de sus pecados. Una estadía en el purgatorio para comprender al fin que el egoísmo y la desvinculación con lo que te rodea es un fallo fatal.

Pero en el fondo de su alma sabía que solo eran vanas esperanzas. Destellos de algo mejor para seguir vivo y luchar por él. Desechó todo eso y se preparó para sus últimos minutos. No. Aún no era la hora. No podía consentirlo. Algo en su interior, más fuerte que él, se lo impedía. La sangre de sus heridas, llenas de tierra y resecas, casi se abrieron del impulso que dio para levantarse. Había sacado fuerzas de un lugar desconocido, quizás de su instinto de supervivencia. Volvió a gritar y si hubiese tenido la hidratación suficiente hubiese derramado algunas lágrimas del esfuerzo y del dolor que inmediatamente le azotó sin misericordia. Giró en torno a sí mismo y miró con más detenimiento. Allá abajo había algo. Por un segundo pensó que no podía ser cierto y que estaba delirando a causa de la alta fiebre y la falta de agua. Pero no, ese delirio persistía, por lo que debía ser cierto. Pestañeó varias veces y la imagen estaba fija en la lejanía. Tenía que ir hacia allí, aunque fuese la última cosa que hiciera. La última aventura del último.

¿Cómo se había llegado a eso? ¿Fue quizás la arrogancia de haber sido el culmen de la evolución? ¿Ser la especie dominante había mermado sus capacidades por haberse confiado en una tonta declaración como esa? Mirar por encima lo que te rodea no ayuda. Al final la naturaleza toma venganza y te responde que solo eres un accidente en el devenir de su existencia. Sus inventos, sus avances en medicina, todo borrado de un plumazo. Era la mayor humillación de la que se podía soportar. La petulancia rápidamente acallada. Todos esos grandes científicos, estadistas y visionarios, todos ellos juntos no pudieron con la catástrofe final.

Pasos temblorosos le condujeron hacia el borde de la colina y poco a poco fue descendiendo. Primero, con pasos inseguros y bamboleando el cuerpo para mantener un precario equilibrio; tras ganar en confianza comenzó a descender con más rapidez, pero un apoyo mal calibrado y una piedra traicionera hicieron que Harzak cayera y rodara por la pendiente hacia la base. El dolor consumió todo su cerebro y no le permitió realizar ninguna acción. El lamento y la desorientación se hicieron uno para acabar con su determinación. Intentó acurrucarse sobre sí mismo y relajarse en esa posición pero los huesos rotos no le dejarían en paz. Abrió poco a poco los ojos y cuando los párpados formaban una rendija minúscula echó un rápido vistazo para confirmar que no eran fracturas abiertas. Cuando el dolor remitió lo suficiente comprendió que estaba lejos de su objetivo. Una centena de metros lo alejaban de su meta idílica. Tenía que llegar.

martes, 15 de enero de 2013

Instinto de supervivencia (1/4)


Trepó con sus pocas fuerzas hacia la cima de la pedregosa colina. Constituida con piedras de tamaño enorme y minúsculo, se derrumbaban a cada intento de ascender. Pero no desistió de ello, puesto que su mente, su valía y su vida parecían depender de ello. Tras resbalar innumerables veces y estar casi al borde de la desesperación consiguió su fútil propósito. La cima era minúscula y sin nada de vida sobre ella, pero Harzak pudo ver una panorámica de lo que le rodeaba. Una tierra salpicada de colinas desérticas en la que predominaba el color rojo sangre. Hasta donde podía alcanzar su vista divisaba un erial muerto y desolado. Una desolación solo comparable a la que tenía en su alma.

Recordó Harzak cuando en los tiempos gloriosos su civilización cubría la faz de la Tierra. Habían colonizado cualquier punto del globo: desde valles umbríos hasta las llanuras gélidas de los polos y pasando por las selvas más exuberantes e impenetrables.

Pero de ese orgullo no quedaba nada, de esa ansia por conocerlo todo. Por comprenderlo todo. El cielo, de tintes rojos y dorados solo, estaba cubierto de gruesas nubes que apenas dejaban pasar algo de luz. Torreones luminosos que aparecían y desaparecían como jugando a juegos infantiles. El viento seco y cálido cortaba su maltrecha piel. Y su sed era acuciante. Harzak hacía días que no había comido ni bebido: carne reseca y sin valor y agua pútrida. Estaba al límite, pero no podía darse por vencido. Como el último representante de su especie se negó a tal honor de una muerte rápida. Pero la ironía de que ningún historiador iba a recoger el último dato de la Historia le hizo mover sus agrietados labios en una mueca que imitaba grotescamente a una sonrisa. Intentó levantarse, pero hasta el cuarto intento no lo logró. Su horizonte se amplió y vislumbró aún más desolación. No había rastro de vida en las proximidades y recordó las antiguas mitologías, donde los dioses castigaban a sus siervos con crueles y repetitivos castigos. Aunque consumido y totalmente esquelético, sus músculos agotados no soportaron más su peso y se dejó caer. Puede que perdiera el conocimiento durante algunos minutos. Quizás fuesen segundos u horas, porque el cielo no cambiaba y los relojes ya solo pertenecían al recuerdo. Respiró profundamente para tomar aire y retazos de fuerza, pero solo tragó tierra y le hizo toser.

Su pueblo había sido numeroso y su familia bien conformada y feliz, a pesar que la era en la que vivían era dura. Los siglos dorados de inventos revolucionarios y exploraciones gloriosas habían quedado muy atrás y no se puede vivir eternamente del éxito de los antepasados. Ignorando que el mundo declinaba no consiguió evitar la auténtica declinación. Bosques talados, agua desaprovechada, guerras exterminadoras… Todo eso había ayudado al colapso de su civilización. Eso y la maldición divina, como auguraban los clérigos, aunque los científicos lo achacaban a algo más simple y demoledor: un asteroide.

Harzak se abrasaba en esa tierra pedregosa y caliente, por lo que rodó hasta quedar precariamente boca arriba. Un alarido fue lo único que pudo producir para combatir a la ominosa desolación. No podía hacer más. Incluso, si encontraba algún depósito de agua potable lo único que le reportaría sería unos días más de agonía, unas horas para seguir meditando antes de que el delirio ocupase todos sus resquicios. Minutos para lamentar su maldita acción de huir de la ciudad moribunda y dejando atrás a su familia en un gesto egoísta por su supervivencia. Pero la supervivencia, aunque fuese un instinto poderoso y un arma eficaz para los momentos más difíciles, estaba engañada porque no había manera de evitar el funesto fin. Reptó como pudo para avanzar unos metros y del esfuerzo sin ningún motivo solo surgían lamentos. En un determinado momento se le saltó una uña, pero su centros nerviosos receptores del dolor estaban saturados y no sintió nada. O sintió como cualquier otra sensación, al mismo nivel que sentir calor, sentir sed, sentir el viento árido…

domingo, 9 de octubre de 2011

La Leyenda del Viajero

Pues bien, creo que hace ya más de un añito que escribí una fábula con barcos y viajeros, y como yo soy el de Emiba pues voy a repetir a ver qué tal, porque no sólo de viajes en el tiempo vive el hombre, sino también de viajes espaciales. Creo que es una historia cerrada así que por eso he tardado un poco en escribirla. Tranquilos, queridos lectores, creo que van a existir más de cinco párrafos, así que espero que os guste.

El mar es enorme a la vez que caprichoso y la misión de mi barco era explorarlo y descubrir hasta la última costa existente, aunque ello conllevase una cantidad de tiempo ingente y la asunción de multitud de peligros. Este viaje, capaz de amedrentar a la mayoría, ha sido la mayor y mejor experiencia de toda la tripulación del barco, que ha considerado que la fría soledad es un precio pequeño en comparación de lo que ha logrado observar, siendo los primeros ojos humanos que se posaron sobre ciertos fenómenos. Sin embargo, mientras el barco circundaba una latitud a la que no había llegado nadie, apareció en el horizonte la silueta de una pequeña y hermosa goleta. Su fragilidad sólo era un espejismo, ya que manteniendo la distancia siguió a nuestro barco por cualquier rincón del océano. Nuestro barco entero sospechó de sus intenciones, he de admitirlo. Nunca habíamos sido seguidos por un barco de esa manera. No nos sentíamos perseguidos, sino acompañados, pero de una manera un tanto extraña, ya que la aproximación era imposible. ¿Alguna antigua maldición? ¿O sólo mediante la observación se llegaría a confiar?

El barco hacía señales, de paz y conviviencia, al principio de manera timorata y después con una confianza y desparpajo que hizo a nuestro barco dudar de su procedencia. No queríamos unirnos en alguna flota, ya que era posible que los avatares de la misión llegasen a entrar en conflicto, o un barco podía poner en peligro a otro por alguna acción que tomase y que fuese inevitable para su supervivencia. Pero la compañía hacía que nuestra tripulación creyese en sí misma, nos sentíamos queridos y con una confianza que nunca habíamos tenido. A pesar de todo seguían existiendo sospechas e inseguridades, aunque poco a poco fueron desapareciendo al ver mediante nuestros catalejos las señales de la goleta, llenas de complicidad y comprensión. Recibir esa atención e interés cuando nunca antes habíamos recibido algo parecido hizo que construyésemos una conexión fuerte y cálida, comunicando todos nuestros percances y atendiendo a los suyos. En algún momento llegamos a creer que formábamos parte de la misma tripulación, pero en dos barcos que de siempre se conocieron. Algunos de nosotros clamaban por un acercamiento sin importar las consecuencias (si éramos avistados por otro barco o si habría problemas en atracar en algún lejano y extranjero puerto), otros se decían portavoces de la razón y temían que tanta conexión pudiese tener efectos negativos, como la pérdida de atención en la misión, la desviación permanente del rumbo o los efectos que produciría una eventual alianza y la posterior y obligatoria separación. No eran capaces de soportar abandonar a una nueva parte de la tripulación si la unión era provechosa.

Sin embargo, las señales de la goleta se hacían una y otra vez más claras, evidentes y repetitivas, que clamaban por un acercamiento y el disfrute del encuentro cara a cara, sin importar los designios del enmarañado y esquivo futuro. En nuestra nave, los debates se convirtieron en más duros y enconados, tanto que nos centrábamos en la decisión mientras dejábamos de comunicarnos con la goleta, entrando en una fase de amedrentamiento y frustración al no saber por qué la escasez de señales. Y es que no sabían que a punto estuvimos de formar un motín a bordo, pero en el último momento los ánimos se calmaron y una reñida votación determinó el encuentro pasara lo que pasase. Nuestros barcos se acercaron y por fin pudimos ver con detalle las caras que habitaban en el otro barco. A causa de los días de debate incomunicación, los miembros de la goleta se mostraban preocupados y sospechaban algo, por lo que no se esperaron o no estuvieron preparados para nuetra repentina afabilidad y el interés de pasar un tiempo de camaradería. Pero este escepticismo duró poco, pronto nos abordaron para fundirnos en abrazos, comer y beber juntos, mientras comentábamos todas las aventuras y percances sufridos por ambas tripulaciones. Fueron unos días llenos de dicha y felicidad, aprovechando cada segundo, cada chiste, cada reflexión, cada mapa y cada detalle. Por tanto, fue una desgracia que nos tuviésemos que separar, pero es imposible que dos naves puedan navegar amarradas mucho tiempo. Ya de nuevo en la lejanía no hacíamos más que recordar lo vivido juntos con alegría, nos comunicábamos más a menudo y no temíamos hablar con franqueza. No importaba que cada nave estuviese al borde del horizonte porque seguíamos ahí, ya hubiese calma o tormenta.

Pero la misión es la misión y nos veíamos obligados a surcar gélidos y lejanos mares, llenos de hielos traicioneros en mitad de trayecto. La goleta nos acompañó pero tuvo consciencia de que ella tenía que cumplir su propia misión y que no podía acompañarnos eternamente. Así que empezó a dudar en qué punto del camino se verían abocados a cambiar el rumbo. Nuestro barco, sin embargo, estaba lleno de felicidad y confianza y una vez superados los temores sospechaban que esta alianza iba a ser duradera, tanto que confiaba que pudiesen terminar la misión juntos y reunirse en algún puerto, o pedir futuras misiones en las regiones en donde la goleta se movía normalmente. Pero la nueva distancia y la zona de hielos perpetuos, unidos con la desesperanza de saber que la reunión de barcos realizada sería más una excepción que la regla hizo que empezasen a menguar las señales, o si eran con la misma frecuencia, eran más frías y correctas que lo que había pasado hasta la fecha. La tripulación de nuestro barco se puso impaciente y los nervios afloraron, por lo que en un intento de reflexión y aventurar una nueva reunión se perdiese el rumbo trazado. Dudando de si seguir con la misión aunque fuese de manera maltrecha o abandonarla para unirse a la goleta.

Un día de la misión hicimos una salva con nuestros cañones en honor de la goleta. La tripulación de este barco no eran aficionados a este ritual pero lo habían estado aceptando como parte de nuestras costumbres. Pero esta vez la salva fue o más duradera o más cercana de lo que estaban acostumbrados. O incluso sus reflexiones sobre la separación hicieron que aprovecharan el incidente para empezar a entablar una relación fría y distante. Sea cual sea el motivo el resultado fue el conocido. Las señales casi desaparecieron y las pocas que habían eran tratos de cortesía. En nuestro barco reinaba una atmósfera de incertidumbre, unos no creían que las salvas habían sido tan brutales o que les habían sentado tan mal. Otros empezaron a guardar fuerte rencor hacia los miembros de la goleta, ya que claudicaron y accedieron a la reunión a pesar de que sospechaban que tras la reunión la separación iba a ser dolorosa, pero que a fin de cuentas en un arrebato de locura aceptaron reunirse sin importar el evidente destino. Otros llegaron a la conclusión de que la goleta se había alejado por el bien de ambos barcos, que habían recordado nuestros temores iniciales y preferían enfriar el trato para no sufrir en la distancia. Tres opiniones para un mismo hecho, previamente temido y actualmente vivido. Mientras la goleta iba desapareciendo por el horizonte los debates en nuestra nave arreciaron como una tormenta, creándose dos corrientes de opinión: una parte quería que tras la misión se buscase a la goleta para otro nuevo abordaje y ver si todo había sido un alejamiento conducente a evitar pesares o era un alejamiento permanente. Parecería que si al acercarnos y ver frente a frente a los marinos de la goleta supiésemos de inmediato que no importaría lo que deparase el destino porque tomaríamos el relevo de seguirlos en el horizonte o si al vernos y parlamentar se llegaría a la conclusión de que sería mejor dejar el encuentro grabado en el diario de a bordo y dejarlo como un bonito capítulo, ya que reuniones o acercamientos no deseados sólo podrían conllevar el surgimiento de rencillas. Algunos elucubraron que los de la goleta no estarían por la labor de anular conversaciones y que estarían de acuerdo en que los acompañásemos, pero sólo acompañar, nada de un nuevo reencuentro. Pero la opinión mayoritaria en nuestra nave era que si esto traía malentendidos era mejor recordar con cariño.

Nos decidimos terminar la misión y explorar aquellos nuevos mares, recopilar información y aprender de la aventura y una vez llevada a cabo comenzar la búsqueda de la goleta. Pero el vigía comprobó que la goleta empezaba a acompañar otro barco, un barco de su misma bandera. Nuestra tripulación no se alegró pero racionalmente sabían que era lo mejor para la goleta, un barco que surcase los mismos mares y con gente conocida era lo mejor, no estar al horizonte esperando algo que quizás no pasará. Si la goleta con su nueva compañía iba a estar bien y sin tantas dudas y temores, el acompañamiento a otro barco era algo que podíamos acceder con gusto. Pero nuestra sorpresa fue que la última señal de que ojalá nos encontrásemos de nuevo tras la misión, sin importar que las tripulaciones de la goleta y el nuevo barco se uniesen, fue contestada con una negativa. La goleta sólo estaría dispuesta a avistarnos en el horizonte pero no para un abordaje para recordar buenos y viejos tiempos. Muchos de los nuestros temieron no poder entonces discernir si querían que se archivase todo o seguir acompañando aun en el horizonte. Parecería que si nos acercásemos se verían obligados a permitir el abordaje pero sólo por cortesía, no por ganas de verdad. Al capitán no le gustó nada la idea, aunque sólo se viesen a la distancia no podían negarle la libertad de navegar por el mismo mar, ya no para reencontrarse, sino por el placer de navegar en ese mar. Por tanto, antes de internarse en los quebradizos hielos todos se conjuraron que al voler visitarían cierto mar, estuviese o no la goleta, y que habría con ella intermitentes señales de cortesía, pero que definitivamente era mucho mejor guardar en el diario un bonito pasaje y olvidar posibles futuros inciertos.

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Publicado originalmente el  17-05-2010

Relato del hombre presciente

Bueno, creo que ya iba siendo hora de sincerarme conmigo mismo y con vosotros, ya que esta declaración no volveré a repetirla. Además, creo que iba siendo hora de darla a conocer y más en estos momentos en que me estoy duchando. Me gusta la sensación de correr el agua caliente por el cuerpo, el ruido sordo del agua. Es una agradable sensación y éstas son lo único natural e imprevisto que puedo percibir; no son un hecho consumado, sino un proceso de percepción. Sí, por fin lo declaro, desde que nací tengo el don de la presciencia. ¿Qué es eso? Fácil, una habilidad para conocer todas las cosas y detalles que depara el futuro. Muchos aplaudirán diciendo que es una suerte, un regalo, algo bendito. Pero a lo largo de mi vida creo poder decir que más bien es una maldición, una pesada losa que no podré quitarme de encima nunca.

Los primeros años de mi vida fueron marcados como que era algo natural e inherente en el ser humano. Sabía todas las respuestas a las preguntas de los profesores, sabía qué iban a poner en los exámenes, sabía cómo iban a quedar los resultados de los partidos de fútbol (o cuando jugaba sabía por dónde dirigirme y qué acciones llevar a cabo... hubiese sido muy bueno de no saber que carecía de forma física para ello). Lo sabía todo, todo quedaba claro en mi mente. Al pasar los años fui algo más consciente que el resto de la gente fallaba en muchas cosas que las veía yo con total transparencia, por lo que poco a poco empecé a dejar de pensar que fallaban a posta para tirar por la teoría de que fallaban de manera natural. No eran prescientes. Y como la falsa apariencia que daba a mis congéneres de inteligencia y perspicacia día a día me iba granjeando envidias y enemigos empecé por fallar también adrede, traicionando lo que predecía. Pero tranquilos, nunca me rodearon los matones de clase para darme una paliza, sabía dónde iban a estar y cuándo, por lo que esquivarlos era algo sencillo y rutinario. Ya en plena adolescencia empecé a hacer lo que ansía todo el mundo que alguna vez soñó con tener este don, ganar dinero con apuestas. Sin embargo, también veía cristalinamente que si llegaba a hacerlo de manera asidua ganaría más rencores que los típicos enemigos de clase: tener a casinos como enemigos o al mismo Estado bajo la sospecha de trampas me traerían finales desagradables. Por tanto cada vez que jugué quinielas o a la lotería fue de manera esporádica y casi nunca acertando de pleno, para levantar el mínimo de sospechas. Así que a todos los que digan que tener presciencia les resuelve la vida en el sentido monetario tengo que decirles que no es así, ya que se puede vislumbrar las funestas consecuencias de una vida así.

Por consiguiente, aunque desahogado no puedo permitirme lujos desmedidos a causa de ver lo que ocurre en el futuro. Multitud de veces he tenido que fingir que no sabía lo que pasaría, a actuar como cualquier ser humano para parecerme siquiera un poco al resto de la humanidad. Algunas veces fingí bien, otras no tanto y muchas veces a los ojos de los demás se me veía simple de mente. Pero una cosa es ser tonto y otra cosa es hacerse el tonto, donde esta segunda opción siempre me sirvió para no hacer daño a los demás, porque es muy duro y trágico saber lo que va a pasar, y lo que es peor, recordar en un futuro lejano cosas y consecuencias que ocurrieron (u ocurrirán, no sé cómo conjugar) en un futuro cercano que aún no ha pasado (si el verbo recordar es aplicable en este caso, claro). A pesar de poseer presciencia me considero humano si no tomamos en cuenta esta pequeña habilidad, por lo tanto estoy sujeto a las redes del amor. Pero es algo inevitable verlo desde otra perspectiva. Sabes qué mujer se sentirá atraida por ti, por quién tus reacciones químicas indicarán que te has enamorado, cómo irá la relación y cómo terminará. Por tanto, no puede definirse amor en el sentido estricto de la palabra. La mayoría de las veces evito las relaciones puesto que he llegado a considerar que es como jugar con sus sentimientos: sabes qué hará y qué pasará, sabes que el enamoramiento llevará a la rutina y terminará en ignorancia, desencadenando peleas y la eventual separación. Otras veces contemplas justo al verla las infidelidades que existirán a los pocos meses, por parte de ambos. Alguna que otra vez, he de confesarlo, hice oidos sordos sobre lo que iba a acontecer y me abalancé sobre la relación en un intento de disfrutar del momento y sentir más que pensar, aunque sabía cuánto tiempo iba a durar y que ciertas acciones, inevitables en ese momento, derivarían en eventuales discusiones y la dura separación. Y algo he de deciros, aunque el futuro sea cierto y evidente para uno, siente dolor y sufrimiento cuando ocurre realmente (como saber que darse un martillazo en el pulgar va a doler... saberlo con tanta certeza no evita el dolor al darte el golpe). Y todo esto, ¿a qué lleva? Eso creo que es algo íntimo y personal y que quizás cada uno lo viva de manera distinta, siempre y cuando existan más prescientes en el mundo, por supuesto. Pero algo os voy a decir, uno no es feliz, saber todo lo que acontecerá no trae la felicidad, ya que un requisito para alcanzarla es que el futuro sea incierto (y esta frase además ya no sé si la aprendí o la aprenderé, pero de todos modos me gusta) y para mí no es incierto en ningún momento.

Ya dejo de agobiaros con mis relatos y mis opiniones, no porque haya terminado de sacar a la luz todo lo que guardo, ni siquiera porque haya terminado de ducharme. Simplemente, en la azotea un electricista, mientras estaba arreglando una instalación, ha soltado accidentalmente un cable y se acaba de apoyar en la tubería del agua, por lo que ha quedado electrificada y el agua en su interior también. Por tanto estoy perdiendo la consciencia, estoy perdiendo la vida mientras mis músculos se contraen espasmódicamente y mis órganos internos comienzan a quemarse. En lo poco de vida que me queda sólo me cabe indicar que quizás esta muerte accidental termine con esta maldición que me atenaza y pueda descansar en paz. Aunque pensándolo bien, y puede ser que sea mi último pensamiento, más que accidente según mi cualidad debería llamarse suicidio, ¿no creéis?

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Publicado originalmente el  29-03-2010

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