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lunes, 16 de noviembre de 2020

Los incendios de Rosario

Hace varios meses que la pesadilla se repite sin cesar. Lo peor es que es una pesadilla real, una que queda entre la indiferencia de la población en general y la desidia de autoridades. En Argentina, en los meses más duros del confinamiento, las enormes islas que están en el enorme Paraná están ardiendo. Casi de diario. Y nadie hace nada por detenerlo. Las islas quedan frente a la ciudad de Rosario y son decenas de miles de testigos que han estado viendo cómo el cielo se oscurece a niveles insoportables, tapando el sol como en un día de niebla cerrada. Y la ceniza, el humo, cae sobre las calles rosarinas y es respirado a la fuerza por millones de personas. No es solo la naturaleza, sino que es un atentado contra los ciudadanos de una ciudad.

Las islas forman parte de la provincia de Entre Ríos, por lo que Rosario, perteneciente a la provincia de Santa Fe, no tiene jurisdicción para intervenir. Entre llamadas a autoridades y que buscan los focos ya los perpetradores han huído y el fuego ya arrasó con varias hectáreas de flora y fauna fluvial. Porque no solo se pierden árboles sino que hay decenas de animales, como los carpinchos, que quedan a la merced de esta práctica cruel.

Quizás sería más fácil ver de quién son esos terrenos (casi todo está comprado por millonarios) o quién quiere pujar por el terreno baldío. Porque sí, la táctica es antiquísima: destruyo el ecosistema y como no está ya protegido el terreno puede recalificarse para plantar soja masivamente o para asentar una densísima ganadería vacuna en el lugar. Incluso hay inmobiliarias que saludan con gracia esto diciendo que por fin esos terrenos pueden ser edificables porque a quién no le gusta tener una segunda residencia en las islas. Maldito, si la gente visita las islas es porque abandonan la ciudad y se quedan unas horas (o días) en mitad de la naturaleza, ¡nadie te va a comprar una casa en la isla si está ubicada en un baldío! Lo que más rabia me da es que lo dicen con soberbia, con una sonrisa en la cara. Ea, destruir el medio ambiente sigue sin importar un comino.

Muchos protestaron, muchos se movilizaron, muchos expresaron la bronca pero la inmensa mayoría no quiere actuar. En una situación política tan polarizada se mira más los réditos electorales de tu afín y no sí debe, como representante, arremangarse y actuar y, en su caso, asumir consecuencias. Si no es por el cambio climático que sea por la gente que aún sigue viviendo en las islas en precarias cabañas y viven casi al día de vender el pescado que han podido recoger. O al menos por la basura que te estás metiendo dentro por cada inhalación. Terrible todo.

El resto del país actúa como si la cosa no fuera con ellos. Evidentemente, cuando los vientos soplaron por unos días en dirección a Buenos Aires y los medios porteños vieron cielos oscuros y calles con ceniza empezaron a preocuparse con la quema masiva de los humedales. Pusieron el grito en el cielo hasta que los vientos cambiaron de dirección. También es terrible que solo sea noticia lo que ocurre en la capital y alrededores y más en un país que tiene una extensión de casi 3 millones de kilómetros cuadrados.

Ay, es que la Ley de Humedales está a punto de tramitarse en el parlamento nacional y antes de que se aumenten las penas por este ecocidio prefieren dar rienda suelta a sus sádicos planes. Rosario ha cambiado en poco tiempo de clima, incluso viviendo yo allí me percaté de ello y ahora puedes decir que es clima tropical. Afectar ese corazón inmenso verde que tiene justo al lado no va a traer nada bueno. Los que se lucran lo harán en un erial y con una ciudad enferma. Por favor, que toda esta locura se detenga.

lunes, 25 de febrero de 2019

Horas trágicas en Venezuela

Pues sí, desde que Maduro tomó las riendas del país Venezuela ha recorrido un camino muy peligroso y delicado. Allá quedó el socialismo del siglo XXI de Chávez (ya con sus luces, ya con sus sombras) y con una pobre gestión junto a un buen tinglado para poner a los suyos a desfalcar a manos llenas ha puesto a Venezuela sobre las cuerdas. Inseguridad, enfrentamientos, inflación monstruosa, silenciado absoluto de la oposición... era evidente que tarde o temprano todo esto iba a estallar.

La enorme migración venezolana que se ha dado en los últimos tiempos tiene pinta de diáspora: de un lado para otro con el afán de ser considerados refugiados intentan crearse un hueco fuera de su querida patria a la vez que intentan seguir ayudando a los que aún quedan dentro del país. Muchos conocidos llevan maletas llenas de medicamentos cada vez que viajan a ver a sus familiares. Y que no me digan que me lo invento o que solo lo he visto en uno o dos. Es casi la norma general.

Lo malo es que la alternativa en venezuela no es atractiva. Entre el aplastamiento y que muchos ya huyen de las posturas socialistas no queda gente fiable que asuma las riendas del gobierno. Los países extranjeros apoyan y abrazan a cualquier candidato que haga la contra a Maduro pero no tienen ni idea de cuáles son sus políticas. Si la política bolivariana es nefasta no creo que la solución sea abrazar el neoliberalismo que proponen los opositores. ¿No hay término medio?

No sé cómo va a terminar esto. Ahora con dos presidentes, Maduro y Guaidó, donde el segundo cada vez recaba más apoyos internacionales. Un presidente encargado que, a mi juicio, llevó a cabo un golpe de Estado blando. Bien que nos repugne Maduro pero no se le puede echar a cualquier precio y este cargo de 'encargado' crea una inseguridad alarmante. ¿Qué va a pasar en todo país en el que Guaidó empiece a designar embajado, por ejemplo? Las implicaciones se nos escapan.

Lo siento pero no me cierra la maniobra de Guaidó. Bien que la Constitución venezolana recoja este supuesto, pero lo aplicaron tarde (el jefe del Legislativo solo puede asumir la presidencia del país antes de que el candidato elegido la asuma, en cuanto lo haga y se le declare incapaz, debería subir de rango el vicepresidente), ya que Maduro había ya asumido la renovación del mandato. Lo siento pero así no se puede seguir abrazando la Constitución que tanto dices que respetas. Te la has pasado por el forro.

Y qué decir de la alianza ilimitada de Estados Unidos. Ahora parece que se acuerdan de la falta de democracia en el país sudamericano. Ahora ven que alguien necesita de su ayuda. No Haití, no Nicaragua, Venezuela. ¿Quizás estén urgenciados de ayuda humanitaria y democrática por tener las mayores reservas de crudo pesado del planeta? ¡Ay, qué malpensado que soy!

Bloquear las fronteras para evitar la llegada de medicinas y alimentos ha sido una jugada asquerosa por parte de Maduro y los suyos. No es que estén viviendo en leche y miel ahora, vamos. Se niega porque de lo contrario parecería débil. Al final quien sufre, como siempre, es el ciudadano de a pie.

Ahora, lo loco, es que ya están hablando con la boca abierta sobre intervención militar extranjera. Y eso es muy peligroso. Peligroso porque aún el ejército está muy dividido en su lealtad y nada puede terminar de manera rápida. Aullar para que vengan de fuera para ayudarte solo es una invocación a una guerra civil larga y cruenta donde es el extranjero el único ganador. Improndrá sus políticas, pondrá sus gobiernos títeres y se concederá a sí mismo las jugosas tareas de reconstrucción.

Miedo me da...

lunes, 21 de enero de 2019

Diario de Viaje: Minca en Santa Marta (Diciembre de 2016)

Pues nada mejor que en Nochevieja recorrer más Colombia para disfrutar de sus bellos paisajes. Nuestra amiga Tatiana nos llevó al pueblecito de Minca, a los pies de varios montes con una exuberante vegetación. Son las estribaciones de Sierra Nevada. Aunque estaba nublado y parecía que la lluvia se nos iba a echar encima no nos amedrentamos y nos pusimos en ascenso. Incluso el cielo llegó a abrirse para darnos unos paisajes impresionantes con laderas escarpadas y profundos valles, todo siempre cubierto con una densa manta verde de árboles.

En el camino de tierra nos paramos en un puesto que vendía el típico café colombiano y otros manjares de la zona. Nada mejor para reponer fuerzas y continuar el ascenso. En cierto momento tocaba desviarse y acercarse al río Minca para llegar a la cascada llamada Pozo Azul, un lugar increíble que tienes que atravesar por un precario puente y bañarte en la olla con agua cristalina. Eso sí, nunca vas a estar solo, pues la gente ya pulula por todos lados.

Bueno, tocaba descender hasta el pueblo, con casas separadas unas de otras y con aire de lugar olvidado por los poderes públicos. Contratamos a algunos chavales para que nos llevaran en moto hacia Casa Elemento, un hostal en lo alto de la sierra. No sé si fueron 20 o 40 minutos pero el terreno accidentado e ir de paquete en una moto destartalada no son cosas que te dejen con buen cuerpo. Pero bueno, todo sufrimiento tiene su recompensa. El lugar tiene unas vistas maravillosas, incluso se puede atisbar la ciudad de Santa Marta y el océano. Es una pasada y todo te da paz. Incluso tienen una inmensa hamaca para varias personas donde puedes quedarte colgando en el vacío y hamacarte. Todo muy relajante y con ganas de llenarse de buena energía para el año que estaba a punto de entrar. Eso sí, tocaba volver a bajar mientras oscurecía. ¡Ay, que casi no llegamos a Minca!




casa elemento

lunes, 7 de enero de 2019

Diario de Viaje: El Rodadero en Santa Marta (Diciembre de 2016)

En coche todo es más sencillo y más si quien conduce vive en el lugar. Pues para quedarnos con más idea de la ciudad de Santa Marta, Tatiana nos llevó a esta zona llena de grandes edificios, con centenas de turistas y calles atestadas de puestos donde pudimos comprar algo de gorros y comer unos mangos con sal bastante ricos. Es más, pudimos pasear por la playa blanca y ver la inmensidad del océano. La mezca de buenas temperaturas, sol insistente y brisa salada dan ganas de recrearse en el paisaje y darse un buen chapuzón. Eso sí, no tuvimos tiempo de darnos uno, ya que estábamos allí para dar una breve vuelta y terminar unos negocios de nuestra amiga.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Diario de Viaje: Distrito Turístico y Cultural de Cartagena de Indias (Diciembre de 2016)

Siempre quise recorrer esta ciudad si una vez visitaba Colombia. Es la ciudad donde tuvo lugar la gesta del increíble Blas de Lezo y así le haría un pequeño homenaje. Pues finalmente, para pasar de año, lo logré.

En el aeropuerto tuvimos varios líos para cambiar moneda y enterarnos de cómo iba el tema de taxis. El hotel estaba cerca pero Google lo ponía en un sitio bastante complicado para llegar. Nada más lejos de la realidad, estaba justo en frente del aeropuerto. ¡Qué ridículos tuvimos que parecer y qué dinero perdido! Pero bueno, había que pagar la novatada. Eso sí, el hotel estaba espectacular, con gran habitación, nutrido desayuno y una piscina para relajarse. Después de disfrutar del lugar fuimos en un taxi casi derruido hasta el casco histórico. Tras bajar en el Parque del Centenario ves que la vegetación es muy diferente de donde provienes y que el calor pegajoso y húmedo de la costa está por todas partes. No faltó la foto de rigor frente a la Torre del Reloj ni recorrer las calles con sus balcones de madera engalanados con multitud de macetas y fachadas pintadas de vistosos colores. Es una experiencia increíble a quien le guste la ambientación colonial.

En la plaza de la catedral probamos unas excelentes arepas que fueron deliciosas, sinceramente. Ganan más las arepas colombianas que las venezolanas, en mi humilde opinión. Incluso pudimos ver un espectáculo de grupos barriales bailando las danzas típicas del lugar. Fue una experiencia muy interesante.

Paseamos por los baluartes de La Merced, Santo Domingo y San Francisco Javier, viendo el grosor de esos muros y lo que debieron sufrir los ingleses cuando arribaron a aquellas costas. Puedes ver el inmenso mar, sentir el fuerte viento y otear los finos y altos rascacielos de la parte moderna. Incluso te puedes hacer fotos en la casa de García Márquez. También en uno de los viajes relámpago vimos de lejos el inmenso castillo de San Felipe de Barajas.

Los lugares para comer, para tomar helado, son innumerables, señal de que esta parte de la ciudad solo vive por y para el turismo. Cerca del hotel había numerosos puestos y comercios y se podía pasear tranquilamente y comer pizza o tomar cócteles. A la otra mañana nos dio por pasear por la costa de la zona del aeropuerto en la que estaban construyendo el paseo marítimo con rompeolas y todo. La caminata duró bastante y en uno de los asientos de hormigón (que eran más cómodos de lo que podía aparecer a primera vista) dormimos una siesta reconfortante.

Estuvimos poco tiempo, pero creo que fue intenso. Otra parada nos esperaba.

lunes, 5 de marzo de 2018

Diario de Viaje: São Sebastião do Río de Janeiro (Mayo de 2009)

No se me puede olvidar esta imponente ciudad, merece una entrada propia.

"El domingo con la resaca nos levantamos tarde y empecé a perder ganas de ir a Río. Además, Camille estaba muy entusiasmada en visitar un bosquecillo que hay cerca de su casa, pero a la llegada de la tarde me decidí a ir. Con un catamarán en quince minutos llegué a Río y con un par de explicaciones pude encontrar el tren que lleva hasta el Corcovado. La vista es impresionante, a pesar de la neblina a causa de la contaminación. Llegué en la hora del atardecer, cosa que lo hizo más especial y hermoso. Me quedé hasta que nos echaron y volví a Niterói casi ya a última hora."

domingo, 6 de noviembre de 2016

Diario de Viaje: Cuzco/Cusco/Qosqo (Febrero de 2016)

La furgoneta nos llevó por otros caminos fuera del Valle Sagrado. Más llanura, más espacio y a la noche pudimos llegar a Cuzco, la mítica capital imperial. Las afueras nos dejaron una mala impresión, pues había mucha basura y jaurías de perros inmensas. Una vez en el hotel tuvimos energía para burlar la lluvia y pasear por las calles de esta ciudad. No muy rápido, pues si el hotel estaba trufado de botellas de oxígeno y hojas de coca era que la altitud debía tenerse en cuenta seriamente.

Grandes edificios y iglesias imponentes, iluminadas de una curiosa manera que les hacía resaltar los detalles. Y filas de casas con andamios de madera, creando unos pasillos para peatones por su zona inferior. La verdad es que nos maravilló. Gran cantidad de arcos también, era como la cima del estilo colonial. Importante entonces encontrar buenos restaurantes, que los hay a porrillo en la plaza en la Plaza de Armas y degustar la comida típica del lugar. Tocó dormir y a gusto y reponerse al día siguiente con un suculento desayuno.

La primera parada al día siguiente fue Sacsayhuamán, conocidos como los dientes del puma, ya que antiguamente el perímetro de la ciudad tenía forma de este felino. Pasamos por cuevas y por grandes prados con unos presuntos tronos con multitud de llamas alrededor. Incluso vimos algunas alegorías de la chakana y nos deslizamos por unas rocas como un tobogán. Yo estrellé mi móvil y quedó sumergido en un charco, aunque por suerte poco a poco fue volviendo a la vida conforme se secaba. Terminamos frente al campo que da a la serrada muralla y tuvimos que soportar algunas teorías imposibles de su construcción (gravedad debilitada, gigantes, extraterrestres...). Paseando entre las murallas vimos lo que podían ser algunas figuras de animales en los sillares, aunque no hubo pruebas nunca de ello y quizás sea un ejercicio de imaginación. Y lo que existe siempre una piedra de varios ángulos que indica qué templo es de los 365 que había nos pareció harto improbable.

De ahí fuimos al montículo donde estaba Puca Pucara, con un trazado que hacía pensar en un puesto de vigilancia o en una aduana previa antes de ingresar en la capital. Era pequeño en comparación con el anterior, pero se notaban los cimientos de varias habitaciones y el monte de observación. Justo en frente también estaba Tambomachay, con sus riachuelos. Aquí el agua lo protagonizaba todo, aunque quedan muy pocos restos ya: algunas paredes muy lisas y piscinas. Incluso había una pequeña cueva y un muro con puertas o ventanas ciegas. Por último, visitamos la zona pedregosa de Kenko, la cual tiene fama de ser una suerte de templo donde se adora todo lo subterráneo. Otros hablan de una cantera. Pero bueno, las grandes rocas creaban una especie de laberinto y en algunas cuevas se veían como mesas o altares al lado de hoyos muy profundos.

Volvimos a la ciudad y seguimos paseando por una zona que combinaba cimientos incas con construcciones coloniales. Visitamos alguna que otra plaza más y comimos para reponer fuerzas en un intento de seguir por las calles que antiguamente eran donde estaba la muralla que delimitaba la forma de puma. Visitamos el convento de Santo Domingo, construido sobre el antiguo templo de Coricancha, el auténtico centro del imperio. Se dice que radialmente a este templo se alineaban los 365 templos del Imperio. El convento contiene varias zonas incas, muros de piedra exquisitamente tallada y colocada. También hay muchas zonas de arte sacro colonial y jardines que unifican el puma, el cóndor y la serpiente, los tres animales sagrados. También el clásico claustro con su enorme patio. Me gustaron unas pinturas modernas sobre los nuevos santos, los cuales desconocía.

Ya fuera paseamos para ascender a la parte alta de la ciudad y degustar una buena merienda. La noche nos pilló en el museo arqueológico con piezas de gran interés, aunque las descripciones eran más poéticas que científicas y de poco nos sirvieron. Más callejeo por zonas que mezclan lo inca con lo colonial y al hotel para madrugar.

¡Y qué problema! Peruvian Airlines volvió a fallar. Pero esto implicaba perder el vuelo de Lima a Quito. ¡Qué odio esa empresa! Por suerte, uno de sus empleados, más avispado que sus compañeros, nos consiguió un vuelo en otra aerolínea y corriendo logramos llegar al que nos traería de vuelta. Menudo fin de viaje, ¿eh?

lunes, 31 de octubre de 2016

Diario de Viaje: Machu Picchu en Aguas Calientes (Febrero de 2016)

Llegar en el tren destrozado y con un sueño descomunal, es lo peor que puede pasar. Lo bueno es que la parada del tren está casi en el mismo pueblo. Poco pude ver de Aguas Calientes. Como mucho, una plétora de hoteles, un caudaloso río Urubamba. Parece que incluso había una cercana plaza con mucha iluminación y estatuas en honor a gobernantes incas. Yo, como mucho, vi unas letras y piedras que hacían de réplica de antiguos monumentos. Destrozado, me fui a dormir. Pobre Geo, que tuvo que poner todo a punto para la inminente jornada, puesto que íbamos a desayunar antes de amanecer para ser de los primeros en entrar.

El hotel fue un desastre pues no hicieron nada de lo que pedíamos. Incluso la hora de despertarnos fue un error para esta gente. Y por suerte pusieron el desayuno, pero en un lugar escondido y con nada de luces. Si no exploramos, moríamos de hambre. Aún de noche compramos los pasajes de autobús para subir el zigzagueante camino entre un paraje selvático. El ascenso, mientras clareaba el día, fue impresionante. Ya arriba hicimos cola para entrar en el grandioso Machu Picchu. El que me impresionó fue el el cerro Putukusi, con un lado de la montaña que era prácticamente plano, pero a rebosar de vegetación casi selvática. Todo el entorno está a rebosar de verdes y afiladas montañas. Y cómo no, el característico Huayna Picchu. Dentro es como las fotos, o mejor. Las edificaciones con una piedra inmensa y con un pulido impresionante, las puertas trapezoidales, los graderíos para cultivos y una niebla mística que te dejaba ver de a ratos todo el esplendor. Los miradores, como si tuviesen ventanales, dominaban una vista magnífica y atrás te arropaba la montaña que da nombre al complejo arqueológico.

Las explicaciones de los guías, un tanto alocadas para variar, indicaban dónde existían recintos sagrados y dónde vivía la gente no privilegiada. Incluso indicaban medidores solares (unos cuencos de piedra con agua) y los templos ya encontrados con signos de abandono y derrumbe. Vimos incluso la zona verde y rectangular que podía ser lugar de festejos o de actividades deportivas. La prueba del eco es impresionante: los conocimientos de acústica incluso al aire libre parecían no tener secretos. Un pequeño descanso para mascar hojas de coca en unas edificaciones que recreaban los típicos techos de paja empinados y a practicar la subida al Huayna Picchu.

El terreno estaba mojado y resbaladizo y algunos no estábamos en nuestro culmen de salud y vigor como para hacerlo en un periquete. El ascenso nos dio varios regalos, como la vista de la central hidroeléctrica o efímeros arcoíris. Mientras ascendía el sol y la temperatura las nieblas se disipaban y permitían tener una fantástica vista aérea de Macchu Picchu. Es duro, pero acceder a los lugares de vigilancia que tenían te da unas vistas que son las mejores del lugar. Y ya que estás ahí, mejor llegar a la cima, con una claridad enorme y con unas vistas de toda la zona. Eso sí, con enormes avispones de compañía. El descenso te lleva por lugares edificados por los antiguos incas.

Ya de vuelta en la zona arqueológica pasamos por zonas que parecían como la zona residencial, intercalada de grandes piedras y algunos templetes más. No está tan concurrida (terminas en la zona baja de las gradas de cultivo) pero te permite estar más cerca de imaginar cómo vivían a esas altitudes. La última parte del trayecto era llegar al lugar donde se hacen las consabidas fotos, cerca de otra antigua caseta de guardia. Yo ya no estaba para muchos trotes y no lo pude completar. Es más, faltando varios metros para salir de Machu Picchu tropecé en unos escalones y me derrumbé. No daba más. ¡Incluso me sacaron en camilla! Un rato de oxígeno en la enfermería me devolvió la vida. ¡Uf! Por poco. Suerte que mi bonita esposa estuvo siempre a mi lado, que si no quién sabe cómo podía haber terminado la aventura...

Al borde del desfallecimiento regresamos a Aguas Calientes para comer y reponer energía. El tren nos llevaría hasta Ollantaytambo otra vez. El camino estaba despejado y por los techos acristalados del tren pudimos ver la impresionante orografía del Valle Sagrado mientras comentábamos chistes y anécdotas de hacía pocas horas. Ya en la ciudad nos tocó buscar una furgoneta que nos llevase, por un módico precio hacia Cuzco, la antigua capital del Imperio.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Diario de Viaje: Ollantaytambo/Ollantay Tampu (Febrero de 2016)

Tras la visita a Písac nos embarcamos en una furgoneta que recorrió parte del Valle Sagrado. Multitud de pueblos celebrando carnavales. Eso conlleva a muchos banderines por las calles, ritmos, música, ropas coloridas y baldes de agua sin misericordia. Apunte para navegantes: cierren bien las ventanas de sus coches. Varios pueblos con lo mismo y entre ellos mucha vegetación y lluvia para no romper la tradición. Ríos por aquí y por allá, lomas y montes encajonando el valle. Da para visitar con más tranquilidad esta zona. El Valle Sagrado es bastante largo y sinuoso.

La llegada a Ollantaytambo tuvo la primera parada en un restaurante, pues estábamos casi famélicos. Menos mal que la plaza central tiene varias cosas. Y una gran vista a un lado del Valle con enormes montañas verdes. El pueblo merece la pena, pues tiene un barrio donde las manzanas son gigantes y las callecitas entre bloque y bloque están empedradas y son muy estrechas y provocan una curiosa sensación. La parte baja de las casas también está empedrada y le da un aire antiguo y místico. Y sobre todo lo típico de las calles en esta zona: pequeños canales para evacuar el agua justo en el centro de las calzadas. Pero claro, sin los animales gargolados de Písac.

Las ruinas están muy cerca, pasando el típico mercado artesanal. Por suerte pudimos dejar las maletas y mochilas a resguardo, porque la lluvia se hizo intensa en esos momentos. Las ruinas mezclan templos, fortaleza y población. Parece que era un centro de defensa en la época inca. Eso sí, infórmense previamente porque las explicaciones de los guías a veces son de lo más aleatorias. Si por la mañana en Písac nos dijeron que el Emperador inca tenía varias esposas para cerrar vínculos con las casas nobiliarias de las cuatro regiones del Imperio (el conocido Tahantinsuyo), ahora nos decían que el Emperador era monógamo. Y que una fuentecita era el lugar de su baño (no se veían restos de paredes, así que supusimos que se bañaba frente a la vista de cualquiera). Canalizaciones de agua y llamas pululando por la zona, subimos por el lado contrario para aprovechar ver tranquilamente el observatorio solar y un macizo cercano (frente al templo) con pendientes muy abruptas, pero que no impuso dificultad a los incas para poner lugares de vigilancia y para poner las cosechas a resguardo. Es muy impactante la vista de esto. Subiendo llegamos a otras zonas de almacenaje, con los típicos techos de paja (reconstruidos) en un ángulo bastante pronunciado.

De ahí, ya el sol estaba asomando, pudimos llegar hasta los graderíos, que dominan el panorama desde abajo. Paredes pulidas con unas protuberancias extrañas (con más de cinco interpretaciones diferentes) y el famoso Templo del Sol con sus enormes lajas. Parece que en ciertos momentos del año el primer rayo de sol pasa por una roca en forma de indio del macizo cercano e impacta en los grandes bloques del Templo. Puertas trapezoidales, miras al río Patakancha (el cual fue desviado para lograr pasar los bloques de piedra de una cantera al otro lado del valle) y ventanucos en unas paredes hechas con sillería elegantemente pulida.

Ya cansados volvimos al pueblo y empezamos a buscar zonas para comer. La estación de tren, algo alejada del núcleo urbano carecía incluso de bebidas calientes y solo ofrecía cervezas. Un desastre. Bueno, parte del grupo embarcó primero y los más audaces nos quedamos atrás buscando una pizzería que tenía buena pinta. Lo curioso del lugar es que tienen muy pocas cosas (una pizza mediana significa eso, solo una única pizza de tamaño mediano). Y si pides algo fuera de lo normal tienen que salir a comprarlo. Muy loco, sí. Finalmente se hizo la hora y embarcamos en el tren, de pinta antigua pero restaurado y con un buen servicio. Ya se había hecho de noche y aguantar era complicado. Al día siguiente, Machu Picchu.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Diario de Viaje: Písac/P'isaq (Febrero de 2016)

Tras los atrasos en el vuelo, lo normal es que quisiéramos llegar cuanto antes al aeropuerto, donde algunos compañeros nos estaban esperando y de ahí, en una camioneta alquilada, ir directos a Písac. Pero bueno, el viaje en avión, aunque corto, nos deparó multitud de turbulencias. Y más en una donde caímos a peso durante varias decenas de metros. Bebidas por los aires, gritos, lloros...

El viaje nocturno no nos permitió ver mucho pero llegamos totalmente cansados al pequeño pueblo de Písac, a la orilla del río Urubamba. De noche no pudimos ver mucho, pero parece que está lleno de tiendas con productos artesanales montadas de improviso en las serpenteantes calles. Y digo serpenteantes porque en ciertos recorridos en centro de la calle (peatonal, por supuesto) tiene un canalillo y en ciertos lugares, en sus comienzos, sobresale lo que es la cabeza de una serpiente. Incluso tienen más figurillas de ranas en las esquinas. Muy curioso todo. Por suerte, en una plaza encontramos unos festejos de carnaval donde varias agrupaciones de muchachos se armaban unas largas y muy movidas coreografías, con sus trajes acorde a las fiestas. Y al lado bailaban otros ritmos peruanos más melódicos. Y la cerveza, como es evidente, corría por todos sitios.

Lo malo es que ponerse a bailar a tanta altitud te agota en seguida. Fue por eso que recorrimos para comer, con tan mala suerte que fue a una pizzería sin pizza. Bueno, al menos pudimos beber algunos brebajes típicos de la zona y comer platos de la época festiva.

Por la mañana pudimos ver en todo su esplendor el paisaje de Písac, que está enclavado entre montañas verdes y de pendiente abrupta. Es una gozada estar en medio de esos lugares. Nos subimos a unos taxis y en un rato encontramos las ruinas incas, guiadas por un habitante de la zona que nos explicaba la historia del lugar. ¡Incluso nos hizo al final un ritual de amistad! Con su quena tocó ciertos acordes para conectarnos más a la naturaleza del lugar, de los pocos que cuentan con necrópolis tan cercana. Los edificios de los sillares perfectamente cortados en diferentes niveles (si no mascas hoja de coca lo pasas complicado, eh), los andenes enormes donde se cultiva todo. Frases y comentarios en la lengua quechua. Incluso algo de su mitología y creencias en el más allá.

Importante, sobre todo, la chacana, el emblema del Imperio Inca con su agujero representando el ombligo del mundo: Cuzco. Y los tres niveles: ultratumba (guardado por la serpiente), mundo de los vivos (guardado por el jaguar) y el cielo (guardado por el cóndor). Evidentemente, cuatro lados, por las cuatro regiones del Imperio.

Antes de ir a comer tuvimos que bajar a Písac con taxistas que contaban cómo en sus años mozos de profanaban tumbas para vender momias y reliquias a ricachones extranjeros. ¡Ay, lo que la humanidad no conocerá por causa de estos caprichosos! Con las maletas, tocaba hacer más viaje. Ya comeríamos en destino.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Diario de Viaje: Lima (Febrero de 2016)

¡Ea! Mi tan postergado viaje hacia Perú por fin sucedió. Aprovechando los días de vacaciones por carnaval (y asustado por los niveles de violencia que conlleva) decidimos organizar un extenuante viaje por el país vecino.

Primero de todo, y como era esperable, tocaba viajar hasta la capital, con la incógnita de si nos acompañaría Ismael, pues no respondía a ninguna llamada. Pero bueno, felizmente llegamos a Lima. Allí, tras unos planes para comprar la moneda local, el sol, tuvimos que agenciar un transporte especial hasta el hotel. Bastante majo, la verdad, pues tenía multitud de decoraciones: ruedas de molino, cuadros de época, confesionarios... La atmósfera era bastante buena.

Durante el camino de ida nos habían llevado por zonas concurridas, de altos edificios y bordeando el paseo marítimo, donde, a lo lejos, se divisaba una enorme cruz iluminada. El paseo y las zonas de recreo parecían nuevas y bonitas.

Ay, a la mañana. Tras un buen desayuno, Esteban, que había comido el día antes ceviche ibarreño en mal estado, se quedó muy mal y tuvo que descansar en el hotel. El resto cogimos un taxi y tras mucho tráfico llegamos al centro. La Plaza de Armas es espaciosa y da al Palacio de Gobierno, bastante grande y con muchos detalles. Incluso los militares estos que no se mueven andaban por allí. Había grandes fachadas de color amarillo. Y los balcones, grandes y salientes, con mucho decorado. Y todo de madera labrada. ¡Hasta la catedral! Como era bastante temprano nos dio tiempo a recorrer algo de este centro colonial. Las casas eran grandes y de varios colores, con balcones y artesonado en los soportes de tejados y salientes. Una corta caminata nos llevó hasta la basílica de San Francisco, llena de lugares con cuadros de pintores famosos y patios muy verdes. Me sorprendió unos cuadros de santos nuevos con un estilo bastante actualizado. Lo mejor fue la visita a las catacumbas: bajas, pobremente iluminadas, con olor a humedad y una cantidad impresionante de huesos colocados de las formas más decorativas que se puede imaginar. Y calaveras que no falten, claro.

Tras esto nos acercamos hacia el Río Rímac, con zonas de parque y una fiesta en honor al afamado pisco sour, del cual hicimos buena cuenta. Tanto que alguna lengua estropajosa tuvo lugar, ¡ja! El paseo nos llevó por otras iglesias y más casas típicas. Aunque lo mejor fue la parada gastronómica. Un ceviche con nada de caldo, carne de borrego, las conocidas causas y el nutritivo tacu-tacu. Más pisco y la Inca Kola, que nos enamoró a bastantes (aunque la recuerdo de regalo de visita por parte de unos amigos).

Con la barriga llena solo tuvimos que parar a un taxi y hacer una muy larga travesía hasta el aeropuerto, donde la desastrosa aerolína Peruvian Airlines iba con retraso y no nos daba información. Cambiaron de puerta de embarque y ante el desastre nos vimos obligados a reclamar. Cuál fue nuestra sorpresa que el libro de reclamaciones estaba repleto y tuvimos que esperar a un nuevo ejemplar.

Desgranando el pensamiento de Blas Infante (IV): el Ideal Andaluz y cómo implementarlo

 Esta es la cuarta parte del famoso Ideal Andaluz de 1915. Previamente se había desarrollado la filosofía infantiana de mejora continua hast...