En esta época tan turbulenta parece que toca
frenar un poco y pensarse uno mismo hacia dentro. Por eso, para esta
publicación me gustaría alentar a toda persona que resida en Andalucía (y
también a andaluces que viven fuera) que participe en esa reflexión interior
sobre sus raíces culturales, históricas e idiosincráticas. Y qué mejor manera
que abordando la figura de Blas Infante y su amplia obra.
Desde la disolución en 2019 del Partido
Andalucista se ha ido viendo, en el campo cultural, un renacimiento de la
idiosincrasia andaluza en lo que se ha venido en llamar “Andalucismo de Tercera
Ola”. Antonio Manuel Rodríguez, Pastora Filigrana, María Sánchez, Javier Aroca,
Manu Sánchez y la banda Califato ¾ son unos pocos pero muy ilustrativos
ejemplos de andaluces que quieren reflexionar sobre qué significa Andalucía y
ser andaluz. Es verdad que también existen formaciones políticas andalucistas
que abarcan un gran espectro y en donde se pueden mencionar, entre otros, a
Pedro Ignacio Altamirano, a Teresa Rodríguez y a Modesto González.
Creo que, al calor de esta nueva ola, este
humilde intento de difundir las ideas que dieron estructura a la Andalucía en
la que vivimos debe enfocarse en la gran obra fundamental que fue, es y será el
Ideal Andaluz (1915). Es verdad que
Blas Infante, con los años, cambiaría algunos puntos de vista, pero esta obra
es el paradigma y el punto de partida de lo que es Andalucía en la actualidad e
invito a toda persona a que la lea con detenimiento, pudiendo ahondar con más
detalle que lo que puede aportar esta publicación.
La primera sección de esta obra, llamada El Ideal, queda enmarcada por la
presentación de esta obra infantiana a los ateneístas: "Este es el
problema: Andalucía necesita una dirección espiritual, una orientación
política, un remedio económico, un plan cultural y una fuerza que apostolice y
salve". ¿Y cómo se plantea conseguirlo? Primero, dando a conocer sus
postulados filosóficos que rigen su pensamiento, para inmediatamente
identificar cómo se deben plasmar en la idea que tiene de España y cómo
Andalucía puede jugar un papel fundamental en el desarrollo de estas ideas.
Para Blas Infante la vida es un proceso continuo
que tiende hacia la perfección absoluta, a la trascendencia en la eternidad. Es
el impulso natural de todos los seres vivos y mediante la lucha por la vida el
Universo gestiona la soberana armonía que rige todo. Si bien la perfección
absoluta es una meta, una estrella que guía, en el corto plazo la vida intenta
conservar todo logro que consigue y en este punto el ser humano va con ventaja,
pues al usar la razón y la inteligencia comprende este impulso natural de la
vida. Es el raciocinio el que se opone a alcanzar el objetivo de la eternidad
mediante el temor, sino que elige como herramientas la libertad y el amor. Solo
con el amor a uno mismo, a sus congéneres y a la vida que le rodea se puede
avanzar en el gran objetivo.
Sin embargo, debido a lo corta que es la vida de
una persona nos cuesta ver esa meta, ese camino a recorrer y dicha lucha vital
por la perfección la sentimos como un destino, un viaje de depuración y
perfeccionamiento. Por tanto, el ideal humano es algo diferente a la eternidad
en sí, por lo que se articula como acicate y guía para progresar. Para sortear
la muerte y el dolor, para trascender nuestra propia vida, el ser humano ha
generado la Ciencia, el Arte y la Moral: son caminos que intentan acercar a
todos los mortales una velada imagen de la meta última, de la belleza de la
perfección y esto queda resumido en su sentencia "Transformar la Tierra en
Cielo, que es llevar, al Cielo, la Tierra". Y que existan estas ramas del
conocimiento lleva a colación que por individualidades la tarea de llegar a la
perfección absoluta sería imposible, así que lo óptimo es que sea una tarea en
conjunto, un trabajo colaborativo. El pueblo toma así forma en el ideario de
Blas Infante: la familia ayuda al individuo, el municipio ayuda a las familias
y el pueblo ayuda a los municipios.
La unión de individuos genera una consciencia colectiva, un sentimiento de
pueblo, de historia y destino común: un ideal de nación. Si entre individuos ha
de haber un sano pugilato para hacer triunfar la personalidad de cada uno y
poder influenciar de la mejor manera entre personas, las naciones han de actuar
igual: no con guerra, sino con el poder de la razón y el ejemplo. España, para
Blas Infante, es una nación que no está dando ejemplo, que no lidera el carro
de la modernización ni del avance de la sociedad. Pero no lo dice como crítica,
sino como lamento, ya que en el devenir histórico y social de inicios del siglo
XX echa en falta el punto de vista español (la caballerosidad, las ganas de
conservar todo lo bueno, la abnegación, la justicia, la fe, etc.).
España debe enfocarse en volver al lugar que le
correspondía, en elevar su nivel y codearse con las grandes potencias para que
estas quieran imitarla y así encaminarse todas hacia la consecución del Ideal
Humano. Para ello debe aprender España a usar los marcos referenciales europeos,
a no encerrarse sobre sí misma. Pero no solo eso, para que España sea fuerte,
han de serlo sus componentes: individuos, familias, municipios y regiones. En
el total han de estar todos los matices de las partes y actuar de manera
recíproca y complementaria. Si esto se impide, las partes llegarían a ser
homogéneas e indistinguibles, no generando ningún nuevo factor que fuese de
provecho para el conjunto. Evidentemente, las partes han de converger hacia un
fin común que, en última instancia, repercuta en favor de toda la humanidad.
Infante dice, acertadamente, que el alma española es solo la suma convergente
de las energías regionales. Y es por ello que descarta las ideas independentistas
de varias regiones, puesto que pronto languidecerían al tender a la homogeneidad
al aislarse una la individualidad. Es más, la complejidad del Estado-Nación es
tal que todo intento separatista quiere indicar un abandono de un ente complejo
y evolucionado. Es por ello que Infante se lamenta de la división entre
Portugal y España porque así la familia ibérica perdió fuerza y quedó bajo la
influencia de potencias extranjeras.
Para que España pueda resurgir de sus cenizas ha
de mirar a su pasado y aprender de sus proezas; no debe destruir lo poco bueno
que le queda, sino reforzarlo. Y para ello toda región debe fortalecerse
también y entrar en un pugilato cultural e ideológico para sobreponerse a las
demás e impregnar con su carácter el alma española forjada por una comunidad,
con una historia común y debatiéndose en un medio geográfico identificado.
Por supuesto, para Infante, Andalucía ha de ser
una región que intente darle un aura característica al país, no como realidad
sustantiva e independiente, sino como parte integrante de España. Blas Infante
confía en que el liderazgo moral andaluz es esencial para que España vuelva a
lo más alto del panorama internacional y que pueda ayudar en el progreso humano.
Pero Infante debe responder unas preguntas antes de que Andalucía entre en el
pugilato, indagar algunas cuestiones vitales. ¿Existe Andalucía? ¿Cuál es el
genio andaluz? ¿Es Andalucía incapaz de lograr alzarse? ¿Cuáles son las trabas
que no permiten el despegue andaluz? Para conocer sus acertadas respuestas
habrá que esperar, si así lo desean, queridos lectores, un año más.